Lo grotesco

LO GROTESCO
Lo grotesco es quizás la categoría estética más difícil de asir. No es lo feo, aunque incomoda. No es lo cómico, aunque a veces produce una risa nerviosa. No es lo trágico, aunque duele. Lo grotesco mezcla estas dimensiones y produce algo más perturbador: una tensión que no se resuelve, que distorsiona la realidad y deja al espectador suspendido entre el absurdo y la verdad. Las obras del Museo Nacional de Colombia que se presentan a continuación habitan ese territorio incómodo con una contundencia que difícilmente se olvida.
Masacre (10 de abril) – Alejandro Obregón (1948)
Esta obra es un golpe directo al estómago. Pintada en 1948, en el año del Bogotazo, la escena desplegada por Obregón no busca narrar con orden sino con urgencia. Los cuerpos fragmentados, las figuras deformadas, las expresiones que oscilan entre el dolor y lo absurdo configuran una imagen que es simultáneamente repulsiva y fascinante. Lo grotesco aparece en la mezcla de lo trágico del evento histórico con la forma casi carnavalesca en que los cuerpos y los rostros están representados: bocas abiertas, cráneos visibles, figuras que parecen reírse de su propia destrucción. El propio Obregón describió haber ido al cementerio a dibujar cadáveres, encontrándose cara a cara con los muertos del nueve de abril. Esa experiencia extrema se traduce en una pintura que no puede contemplarse con comodidad.
Martirio de Galán – Ignacio Gómez Jaramillo (1957)
El cuerpo desmembrado de José Antonio Galán, líder comunero ejecutado en 1782 y enviado en partes a distintas ciudades como escarmiento, es aquí recreado con una crudeza que no pretende embellecer el horror sino exponerlo. Lo grotesco opera en esta obra en la tensión entre el heroísmo y la degradación: el mismo cuerpo que simboliza la lucha y el sacrificio es también el cuerpo que fue mutilado y exhibido como trofeo de poder. Los colores expresivos y las pinceladas vigorosas de Gómez Jaramillo impiden que el espectador se distancie: la imagen empuja, incomoda, revuelve.
Arzodiablomaquia – Fernando Botero (1960)
Botero construye aquí una escena en la que monos y figuras humanas se entrelazan en un combate violento y absurdo. La mezcla de lo animal y lo humano, sumada a la exageración característica del artista, produce una imagen que oscila entre lo ridículo y lo amenazante. Lo grotesco se instala en esa ambigüedad: ¿es una crítica política, una sátira moral, un juego? La respuesta no llega nunca. La obra se queda abierta, perturbando.
El niño de Vallecas – Fernando Botero (1959)
A diferencia de otras obras de Botero donde la exageración puede resultar cómica o incluso entrañable, aquí la deformación adquiere un carácter más oscuro. La cabeza desproporcionada del niño, los rasgos difíciles de leer, la paleta fría y grisácea generan una experiencia de extrañeza profunda. Lo grotesco no es aquí la burla sino el extrañamiento: algo en la figura nos resulta imposible de clasificar, y esa imposibilidad es lo que perturba.
Tío – Carlos Castro Arias (2021)
Esta escultura en resina y chaquiras cuestiona la figura del conquistador al intervenir una escultura de Gonzalo Jiménez de Quesada con símbolos del pueblo inga. Lo grotesco aquí no está en la deformación física sino en la superposición de mundos que no deberían convivir: el monumento oficial y la memoria indígena ocupan el mismo cuerpo. Esa fusión produce incomodidad, incluso repulsión ideológica, que es exactamente el efecto buscado. Lo grotesco, en este caso, es político.





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